historia y tecnología
El cajero automático: la misma desconfianza que hoy sienten algunos por las wallets
Contenido con fines educativos — no constituye asesoría financiera, legal o fiscal.
Ilustración conceptual de un cajero automático antiguo junto a una wallet digital, representando la misma desconfianza histórica

En 1967, en una sucursal del banco Barclays al norte de Londres, instalaron una máquina que entregaba dinero en efectivo sin que ningún empleado estuviera detrás del mostrador. Algunos clientes tardaron meses en acercarse a usarla — preferían hacer fila para hablar con un cajero humano, aunque eso significara perder media hora de su día.

Hoy ese aparato nos parece tan obvio que ni lo pensamos dos veces. Pero la desconfianza con la que algunos miraron esa máquina hace casi sesenta años es, con otro nombre, la misma que hoy sienten algunos frente a una wallet no custodial.

Lo que el papá de Carlos tardó diez años en confiar

El papá de Carlos cobraba su quincena en efectivo, y durante años insistió en entrar al banco para que un cajero —una persona, de carne y hueso— le contara los billetes enfrente de él. Llegaba temprano, sacaba su número, y se sentaba a esperar junto con otras quince personas que hacían exactamente lo mismo. Daba igual que la fila adentro tomara cuarenta minutos y que la máquina de la entrada lo hiciera en cuarenta segundos — para él, esos cuarenta minutos eran el precio de quedarse tranquilo.

Cuando Carlos, todavía niño, le preguntó por qué no usaba el cajero automático que ya llevaba años ahí afuera, su papá le contestó algo que se le quedó grabado:

“Yo prefiero que una persona cuente el dinero frente a mí. Una máquina se puede equivocar, y no hay a quién reclamarle.”

No lo dijo por ignorancia. Lo dijo porque, en su cabeza, la máquina le estaba quitando algo concreto: un humano responsable, presente, a quien señalar si algo salía mal. Si el cajero se equivocaba al contar, ahí mismo se corregía. Si la máquina se equivocaba, ¿con quién hablaba? ¿A quién le mostraba el recibo? Tardó diez años en empezar a usarla — y solo lo hizo cuando ya casi ningún banco tenía suficientes cajeros humanos en un horario que le funcionara a él. Para entonces, ya no era una decisión: era la única opción práctica que le quedaba.

Por qué a alguien se le ocurrió poner un candado de cuatro números

La idea no nació en un banco. El inventor original, frustrado porque llegó tarde a su sucursal y se quedó sin poder retirar dinero, pensó en algo parecido a las máquinas expendedoras de chocolates que ya conocía — una que diera dinero las 24 horas, sin depender del horario de nadie. Para que solo el dueño pudiera usarla, ideó un código secreto. Pensó primero en seis dígitos, los mismos que tenía memorizados de su número de registro militar. Se lo platicó a su esposa en la mesa de la cocina, y ella le dijo que a ella le costaba recordar seis números. Lo dejó en cuatro — los mismos cuatro dígitos que sigue teniendo cualquier tarjeta hoy.

La primera versión ni siquiera usaba tarjetas de plástico: el cliente insertaba un cheque especial, impregnado con una sustancia radioactiva en dosis mínimas, que la máquina podía leer para confirmar que era auténtico. Funcionó, pero tomó tiempo en expandirse — la adopción inicial fue lenta, no porque la máquina fallara, sino porque la gente, como el papá de Carlos, necesitaba tiempo para dejar de sentir que algo le faltaba.

Para 1971, ya había máquinas parecidas en Reino Unido, Suecia, Japón, Canadá y Francia. En 1972 se fundó la primera empresa dedicada exclusivamente a fabricarlas en serie, y para finales de esa misma década ya estaban ampliamente aceptadas en buena parte del mundo, incluyendo México. Lo que en 1967 generaba sospecha, quince años después ya era simplemente parte del paisaje — al grado de que las generaciones siguientes nunca conocieron una versión del mundo sin esa máquina en la esquina.

La misma pregunta, con otro nombre: ¿quién responde si algo sale mal?

Vale la pena notar algo: el miedo de la gente nunca fue realmente a la máquina en sí. Era a quedarse sin alguien a quien reclamarle si algo salía mal — sin una persona que pudiera revisar, corregir, o simplemente confirmar con una mirada que todo estaba en orden.

El miedo nunca fue al aparato — fue a perder al responsable que había detrás de él.

Esa es exactamente la misma pregunta, con otro nombre, que se hace alguien hoy frente a una wallet no custodial. Ya platicamos en wallet no custodial por qué ahí no existe un botón de “olvidé mi contraseña” — y la razón es idéntica a la del cajero automático de 1967: quitar al intermediario humano es, literalmente, la característica que hace que el sistema funcione, no un descuido de quien lo diseñó. La diferencia es que en 1967 la gente tardó una década en hacer las paces con esa idea, porque no tenía con qué compararla. Hoy, quien lee esto, ya tiene el ejemplo completo enfrente.

Lo que sí cambió: a quién decidimos confiarle la responsabilidad

Vale la pena ser preciso aquí, porque hay una diferencia real entre los dos casos, no solo una similitud. El cajero automático no eliminó al responsable — lo cambió. Antes, el responsable era el cajero humano frente a ti. Después, siguió siendo el banco, solo que ahora a través de una máquina con su nombre encima; si algo fallaba, el banco seguía respondiendo, solo que el primer contacto ya no tenía cara.

En una wallet no custodial, el cambio es más profundo: no es que el responsable use otra cara, es que el puesto de “responsable” simplemente se elimina. Nadie más —ni el banco, ni una empresa, ni un soporte técnico— puede revertir una operación o recuperar un acceso perdido. Esa diferencia es real, y honestamente, conviene tenerla clara antes de decidir qué tan cómodo te sientes con cada modelo; no es lo mismo “cambiar de responsable” que “quedarte sin uno”. Pero el mecanismo psicológico de fondo —la incomodidad inicial de no ver a quién reclamarle— es el mismo que ya superamos colectivamente una vez, con una máquina que hoy nadie piensa dos veces en usar.

1
Lo que te llevas
La desconfianza ante lo nuevo casi nunca es hacia la tecnología — es hacia la idea de quedarse sin alguien a quien reclamarle.

El cajero automático generó exactamente esa incomodidad en 1967. Hoy nadie la recuerda. El patrón se repite — lo que cambia es cuánto tiempo tarda cada generación en hacer esa paz.

01

El botón que ya nadie extraña

Al papá de Carlos, hoy, jamás se le ocurriría hacer fila para que una persona le entregue su dinero en efectivo. Se le olvidó por completo que alguna vez le pareció arriesgado dejarle esa tarea a una máquina — y ese olvido es, quizás, la señal más clara de que una tecnología nueva ya terminó de asentarse.

No sé cuánto tiempo le tomará a cada persona hacer esa misma paz con las wallets no custodiales, los contratos inteligentes, o lo que venga después — y sería deshonesto de mi parte poner una fecha, porque depende de cada quien. Lo que sí parece sostenerse, sesenta años después, es el patrón: la desconfianza inicial casi nunca es hacia la tecnología en sí, sino hacia la idea de quedarse sin alguien a quien reclamarle.

Tres formas de seguir desde aquí, según en dónde te encuentres tú con esa idea: revisar el catálogo completo de este mismo patrón a lo largo de la historia en El Patrón, donde están las seis revoluciones tecnológicas documentadas desde 1837; releer el post de wallet no custodial con esta comparación en mente, a ver si cambia algo de cómo lo entiendes; o, si ya tienes una pregunta concreta sobre a quién le reclamas en un sistema sin intermediario, platicarlo directamente.

AG
MBA Alejandro García
Conecta experiencia financiera, estrategia y tecnología para ayudar a comprender la evolución del dinero, los negocios y las nuevas formas de creación de valor.
Conocer su trayectoria →
Sigue explorando
Este tema conecta directamente con una de nuestras páginas principales.
Ver El Patrón →
infinexa
connecting value with purpose
Transparencia Riesgos Privacidad Términos
Material educativo sobre economía y nuevas formas de generar ingresos. No es asesoría financiera ni publicidad de productos financieros.